Humboldt und ich – Ein Vortrag von Frank Semper

gehalten am 19.08.2008 auf Einladung des Goethe-Institut in Bogotá
beim Instituto PENSAR der Universidad Javeriana, im Auditorio Luis Carlos Galán
anlässlich des Internationalen Kolloquiums
»Drei traurige Tropen – Vorurteile und nationale Identität«.

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HUMBOLDT y YO

EL SIGNIFICADO DE ALEXANDER VON HUMBOLDT PARA UN VIAJERO ALEMÁN
EN EL TRÓPICO COLOMBIANO

Uno de los puntos de partida más citados respecto al interés y entusiasmo por los trópicos latino-americanos desde la perspectiva europea y aún más desde la alemana, es el viaje científico de Alexander von Humboldt en los años 1799-1804, que lo llevó por los estados que hoy en día se llaman Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, México y Cuba. Humboldt mismo, hablaba de las regiones equinocciales del Nuevo Continente.

Para los latinoamericanistas y aduladores de Humboldt este primer gran viaje de cinco años marcó el núcleo central de su trabajo metodológico y al mismo tiempo es punto de referencia para una posterior y profunda actividad científica respecto a América Latina, cuyos alcances a largo plazo existen aún hoy en día.

En este momento, Alexander von Humboldt está viviendo y no precisamente por primera vez, así como tampoco la última, un renacimiento, porque sus trabajos científicos interdisciplinarios y sus impulsos también interdisciplinarios no estaban limitados por las cerradas limitaciones de las especializaciones que se desarrollaron desde el siglo XIX hasta hoy.

En los años 80 y 90 se podía, sin embargo, tener la sensación que Alexander von Humboldt y sus repercusiones estaban mucho más presentes en América Latina que en la propia Alemania y eso a pesar de que una serie de renombrados científicos y biógrafos como Hanno Beck, Kurt-R. Biermann, Ottmar Ette, Renate Löscher o Frank Holl, para nombrar apenas lo más importantes, reunieron de manera sistemática a través de los años y con una admirable y amplia capacidad de publicación, la obra del gran científico de la naturaleza en todas sus facetas, porque no sólo la reunieron, sino que también la comentaron e intentaron ponerla en contexto con el presente.

Sin embargo, el interés del público alemán por Humboldt, que luego crecería a un enorme furor, surgió mediante el año Humboldt en los años 1999/2000, proclamado también por el Instituto Goethe, y en los cuales se hicieron exposiciones, eventos y simposios tanto en Alemania como en América Latina, como aquí en Bogotá, la exposición en el Museo Nacional en el año 2001, con el título “El mundo tropical es mi elemento” y que tuvo como consecuencia una reseña renovada y reforzada.

Una de las consecuencias más destacadas fue la publicación, por primera vez completamente en lengua alemana, de dos voluminosos tomos, el uno titulado “Kosmos” (Cosmos) y el otro “Ansichten der Kordilleren und Monumente der eingeborenen Völker Amerikas” (Panorama de las cordilleras y monumentos de los pueblos aborígenes de América) y que fue editada por Hans Magnus Enzensberger. Se trata en este caso de dos ediciones precursoras, en ese oscilante e interesante umbral entre la seriedad científica, la mediación y transmisión popular, que eran igual de importantes para Humboldt. La aparición de estos dos tomos abonó de manera fértil el terreno para la recepción excepcional de la novela del joven escritor alemán Daniel Kehlmann “Die Vermessung der Welt” (La medición del mundo) y que toma el viaje de Humboldt a América Latina como tema y que desde su publicación en el año 2005 ha vendido más de 1.400.000 ejemplares.

Esta popularidad adquirida por Humboldt, que no hubiera sido pensable sino hasta hace poco, es también el termómetro para el nuevo reconocimiento y admiración de sus múltiples talentos y capacidades, pero aún más, de la manera de proceder abierta y sin prejuicios (pero que no quiere decir que sea ingenua) respecto a regiones y culturas desconocidas, respecto a la manera de cómo trataba a todos los niveles sociales, desde el indio hasta el virrey y que le había hecho merecedor de grandes simpatías aún en épocas de su vida.

Este interés revivido y aumentado de su personalidad llena de facetas y de complejidades, va más allá de los círculos científicos de ambos países.

La actuación de Alexander von Humboldt como iniciador y preparador de caminos de tantas ciencias y disciplinas científicas distintas desde la climatología, la geografía de las plantas y la geología, la oceanografía y la meteorología hasta la estadística económica, quedó íntimamente ligado al ideal, hoy en día inalcanzable, del científico integral y del erudito universal.

El escritor Kehlmann ve en Humboldt a un clásico de Weimar, enviado para llevar el clasicismo al mundo y en este caso especial, a Macondo. Eso evoca malentendidos entre las culturas y precisamente de ahí es que Kehlmann escoge su chispa creativa y nos presenta en una adaptación moderna, sin embargo un poco demasiado misantrópica y a veces distorsionada hasta la caricatura, a un Alexander von Humboldt teorizante, reacio a las experiencias prácticas de la vida, ambicioso y como a un científico que de vez en cuando actúa de manera cómica debido a su aspiración por la perfección en todos los aspectos de la vida, pero a quien el conocimiento, así como también la fama y la gloria le eran igual de importantes.

El Humboldt real, escribía entusiasmado en una carta a Carl Ludwig Willdenow, desde la Habana el 21.2.1801: “Mi salud y alborozo ha aumentado de manera visible desde que dejé España, a pesar del eterno cambio entre humedad, calor y frío de las montañas. El mundo del trópico es mi elemento y nunca había estado sano por lapsos de tiempo tan largos en estos últimos tres años.” No se podría hacer un mejor cumplido al trópico. En este viaje, Humboldt disfrutaba sus impresiones y sentimientos personales, pero el informe, escrito después, debía corresponder a su exigencia de un ordenamiento sobrio y científico de lo ahí encontrado.

EL VIAJE POR RÍO ENTRE EL ORINOCO Y RÍO NEGRO

Siempre vale la pena, no solamente leer los escritos originales de Humboldt, sino que también repro-ducir in situ, su viaje por América. Primero, el tramo desde el curso superior del Orinoco a través del Atabapo y sus afluentes hasta el Río Negro, camino a San Fernando de Atabapo, Javita y Moroa, pueblos fronterizos, hoy pertenecientes a Venezuela, en la época de Humboldt eran misiones de los Franciscanos y luego seguir por el lado colombiano hasta San Felipe a las orillas del Río Negro, que en la Colonia era una fortaleza pequeña del virreinato español y que estaba, hacia el sur, en frente a las posesiones de los portugueses y finalmente río abajo, hasta Cocuí en el triángulo de los tres países: Colombia, Brasil y Venezuela.

Ahí, en esa lejana región fronteriza entre Colombia, Venezuela y Brasil se puede aún encontrar en una alta y genuina dosis el espíritu de Humboldt, por lo que la denominación de estas tierras como “tierra humboldtiana” es especialmente válida, porque aquí se encuentra el centro gravitacional de su viaje a América. En ninguna otra parte que en esta región apenas poblada entre el Orinoco y el Río Negro se pueden rememorar de manera tan palpable los apuntes de Humboldt en su diario de viaje de los meses Abril y Mayo del año 1800 y tampoco en ninguna otra parte, que en esta etapa de su viaje, ha cambiado tan poco en los últimos 200 años. Por esta misma razón se puede entender la actualidad que él representa hasta los días de hoy.

Humboldt, después de que la expedición abandonó el Orinoco de manera desapercibida durante la noche, se sintió, en el amanecer del día que llegaba, como si hubiera sido trasladado a otro lugar. Había abandonado el Orinoco en la Misión de San Fernando y luego remó río arriba por lo ríos de aguas oscuras Atabapo, Temi y Tuamini hasta la Misión Javita. De ahí en adelante se dejó llevar por su piragua a través de una angostura hasta el caño Pimichín, que luego de muchas sinuosidades desemboca en el Guanía, que río abajo lleva el nombre de Río Negro.

Hasta hoy en día es ésta la conexión más rápida y corta entre los dos ríos, sin embargo ya no se usa de la misma forma que en los tiempos de Humboldt, sino todo lo contrario, ha sido abandonada casi completamente. En los tiempos de Humboldt, esta ruta acortaba de manera significativa la conexión entre el puesto fronterizo de San Felipe con el centro administrativo más cercano en Angosturas (hoy Ciudad Bolívar). El recorte significaba que el camino así duraba 24 días, mientras que el desvío por el río Casiquiare hasta el Orinoco bien podía durar entre 50 y 60 días.

Humboldt llegó a la conclusión al comparar las conexiones fluviales de los países abiertos o los países adelantados en cuanto a la civilización (como los de Europa de ese entonces), que en las selvas impenetrables, las diferencias entre los pueblos se acrecentaban y la desconfianza o hasta el odio aumentaba entre los habitantes. En el Río Negro no solamente finalizaba el virreinato español, sino que también la cartografía de Humboldt sufría una limitación. Las múltiples ramificaciones de las corrientes de los ríos, las inundaciones periódicas, los distintos y confusos nombres de los sitios por los distintos pueblos indígenas, dificultaban un trazo limítrofe razonable, si no lo hacían totalmente imposible. Humboldt se adentró en una teoría hidrológica, mediante un orden y una clasificación de los distintos sistemas fluviales y pronosticó, que a través de diques y enarenados se formarían en los años venideros, límites fijos. Y no solamente le resultó comprobar que los sistemas fluviales del Orinoco y del Amazonas estaban unidos a través de la bifurcación del Casiquiare, sino que también clasificó los afluentes que nacían en las cordilleras según sus direcciones (Orinoco o Amazonas) y se apuntó un punto a favor al haber aclarado al fin la confusión existente respecto al origen y el curso de los ríos Caquetá, Orinoco y Río Negro.

Por más que le hubiera fascinado seguir río arriba por el Río Negro y adentrarse a Brasil (es decir a la provincia portuguesa Gran Pará), no pudo hacerlo. Allá era considerado sospechoso de espionaje y agitación y existía además una orden de captura contra él. Humboldt debía ser tomado preso al llegar a Brasil y sus instrumentos debían ser confiscados.

Humboldt respetaba las fronteras (estatales) de la región amazónica, sin embargo no tenía un alto concepto sobre ellas, ni en cuanto a las fortificaciones de San Carlos y San Felipe, ni sobre los controles fronterizos. Siempre alabó a los indígenas por sus magníficos conocimientos de la geografía y que sabían perfectamente cómo eludir estas fronteras.

Después de la Independencia, los nuevos países como Colombia, Venezuela y Brasil no se ocuparon por mucho tiempo en cuanto a las fronteras y dejaron a la región por décadas a su propia suerte. Sólo 122 años después del viaje de Humboldt, se creó una comisión fronteriza entre Colombia y Venezuela y la cual volvió a mirar esta región, cuya línea fronteriza no había sido antes aclarada.

Mientras que Humboldt había ido equipado con los mejores instrumentos, a la comisión le faltaba, en los años 1922/23 casi todos éstos para poder trazar líneas fronterizas razonables, pero esta región inspiró a uno de los participantes de esta comisión, al jurista y escritor José Eustasio Rivera a una obra maestra de la literatura: La Vorágine. Después de haberse retirado de su cargo, Rivera no volvió a intentar a poner orden en esa confusa multiplicidad de los sistemas fluviales, sino que disfrutó dejarse llevar por sus torbellinos. Canta y maldice a la selva como una cárcel verde y un gran cementerio.

El sistema de las misiones, que Humboldt había encontrado, se había desmoronado y ahora regía la ley de la selva, la ley del más fuerte. Después de que la región se había vuelto interesante para la extracción del caucho, el Coronel Funes, a principios del sigo XX, había acaparado el poder. Rivera le dio el nombre de “El sistema Funes”, un sistema que era más bien un estado de ánimo y que llevaba el nombre de una persona que reunió todo el poder en sí mismo. Esta variación colombo-venezolana del Coronel Kurtz, mandó asesinar en la masacre de San Fernando de Atabapo a muchos pequeños empresarios del caucho. La influencia de la selva pervierte a las personas igual que el alcohol, escribe Rivera. La fascinación y el terror no son posibles de separar. El coronel Funes fue fusilado en el año 1921. Al frente del Hotel Mayra en San Fernando se encuentra su tumba, en un cementerio carcomido por la maleza, se erige su blanca lápida con sus letras negras recién pintadas. El resto de edificaciones del lugar se están desmoronando y son apenas sujetadas por la pintura y la hojalata. Pero Humboldt tenía en este caso también razón, los tan extendidos enjambres del jején y el pium han desaparecido de San Fernando.

Si uno quisiera, hoy en día, seguir el camino de Alexander von Humboldt y Eustasio Rivera por su propia cuenta, hay que dejar tras de sí los controles venezolanos al sur de Puerto Ayacucho, porque las autoridades sólo permiten viajes Orinoco arriba si se está acompañado de un guía oficial. Con la ayuda de una carta de recomendación del Cónsul General de Colombia en Puerto Ayacucho, quien escribiría en la mencionada carta que: “De la manera más atenta me permito certificar que en el día de hoy se presentó el ciudadano alemán Frank Semper, quien desea entrar a Colombia en calidad de turista por la Ciudad de Inírida.” Y con este escrito pude recibir un salvoconducto limitado a cinco días de la Gobernación del Estado del Amazonas para la ruta “hasta San Fernando de Atabapo y Moroa sin retorno.” En el embarcadero en Samariapo arriba del raudal del río Maipures logré coger un bongo, una canoa larga, cargada de barriles de gasolina que iba a San Pedro, que era la mitad del camino hacia San Fernando de Atabapo, y que es un medio e transporte que se llama “en la cola”. A la siguiente mañana cuando intenté seguir de esta misma manera, me encontraba sentado durante horas en el lado asoleado de la orilla del río, en la mitad de un enjambre de insaciables jejenes, vestido con una camisa de manga larga y una espiral humeante contra los mosquitos ante mis ojos e intentaba llamar a uno de los pocos botes, que pasaban cerca de la otra orilla del Orinoco, que en este punto tiene hasta dos kilómetros de ancho. Finalmente pude encontrar un bote, que me llevó al otro lado que ya es colombiano, y ahí me recibió Marco, que manejaba un pequeño puesto de comercio y quien me recibió con los brazos abiertos. Después de dos días en la casa de la familia de Marcos, finalmente pude conseguir una barca que lleva gasolina, que estaba en camino al río Guaviare y que llevaba una bandera grande colombiana y una pequeña venezolana y que decidió a regañadientes llevar a un ‘gringo’ como yo, pero las insistentes palabras de Marcos no permitieron una negativa. Así llegamos después de pasar la noche en hamacas en la barca, a Amanavén y seguí luego el trayecto mediante un bote local, para así llegar finalmente a San Fernando de Atabapo. Entre el puerto y la Plaza de Bolívar tiene la Guardia Nacional su puesto y el militar en servicio tenía en su escritorio las minutas para las entradas y salidas y me exigió el “permiso”. Le mostré el salvoconducto con todos los sellos correspondientes. Lo miró con desconfianza y la siguiente pregunta fue: “¿Dónde está el guía?” Un gringo sin guía no podía tratarse de algo correcto. Uno de los uniformados adjuntos se fue con el salvoconducto hacia un superior, quien luego me abordó bruscamente: “Le hace falta un sello de control de la Isla Ratón y aún peor, le falta el sello de entrada de la guarnición de Puerto Ayacucho.” “¿Cómo puedo saber dónde tiene la Guardia Nacional todos sus puestos?” fue mi respuesta, a lo que me contestó que “Para eso es que se necesita el guía.” Sin embargo después igual me dieron el sello esperado para mi estadía en San Fernando de Atabapo. Luego mediante un viaje expreso, llegué a Javita, que en la época de Humboldt era la estación de la Misión de San Antonio de Javita. Humboldt estuvo ahí cinco días, el tiempo necesario para que la piragua fuera transportada hasta la plataforma del Caño Pimichín. Se quedó el tiempo suficiente para estudiar de manera concienzuda el bosque adyacente. Los 160 indígenas del pueblo se dedicaban en su mayoría a la construcción de botes. Hoy en día Javita está abandonada. Los pocos indígenas y blancos que quedan se dedican a la cosecha de la fibra de la palma chiqui-chiqui, que se usan para escobas y sogas, un oficio al cual Humboldt le dedicó una pequeña disertación. Instalé mi carpa en el patio del antiguo y abandonado colegio y al día siguiente viajé en el único automóvil, una camioneta, a través de un camino selvático hasta Moroa al borde del Río Negro. Fue un viaje de varias horas, que siempre tuvo que se interrumpido porque el camino estaba repleto de charcos y porque las latas onduladas que estaban puestas sobre el techo del carro y que estaban destinadas a la Guarnición de Moros, se corrían y se resbalaban y tenían que ser vueltas a amarrar.

Humboldt hizo una observación en el Río Negro que hasta hoy en día tiene su validez ilimitada. Los alimentos a la orilla del Río Negro soy muy caros, porque se siembra muy poca yuca (tapioca) y plátano y la corriente tiene pocos peces como suele suceder en los ríos de aguas negras trans-parentes. El mejor abastecimiento proviene de los asentamientos portugueses a lo largo del río.

Cuando llegué a San Felipe, atracó un barco carguero brasilero con una enorme provisión de pollos congelados. Cuando no llegan pollos congelados sólo queda por comer sardinas enlatadas, huevos y yuca. Muy pocas veces se dejaba ver, en San Felipe, una avión de pasajeros proveniente de Puerto Inírida o Villavicencio. La entrada a la región amazónica del Brasil es aún hoy en día o nuevamente problemática y los extranjeros no son bienvenidos. El aventurero y experto en sobrevivencia, el alemán Rüdiger Nehberg vivió la experiencia en el año 2001, cuando se trasladaba de la región fronteriza de Guyana hasta Manaos y fue sindicado de entrada ilegal al país y de paso prohibido por territorios indígenas. El país vecino tiene ahora nuevas leyes que le prohíbe al viajero por principio, entrar en vastos territorios amazónicos. ¡Qué tan generosas son aún al respecto las autoridades colombianas!

EL VIAJE DE MARTIUS POR BRASIL HASTA ARARACUARA

Los dos científicos de historia natural Carl Friedrich Philipp von Martius y Johan Baptist von Spix emprendieron un viaje a Brasil entre 1817 y 1820, siguiendo las huellas de Humboldt. Humboldt había financiado su viaje con sus propios recursos y había buscado personalmente un permiso general con el Rey de España, Carlos IV para poder medir las colonias españolas sin ninguna clase de supervisión. Él mismo decidía sobre los itinerarios, los acompañantes y la forma de los medios de transporte. Humboldt era independiente, como un rey sin reino a la par de los poderosos.

En cambio, Martius y Spix viajaron por encargo del rey de Bavaria, Maximiliano I, por todo Brasil y finalmente río arriba por el Amazonas hasta Tefé, en la embocadura del río Japurá, uno de los afluentes más caudalosos y más largos del Amazonas y que por el lado colombiano se llama Caquetá. El recorrido del río Caquetá estaba en los tiempos de Humboldt aún inexplorado y sólo se conocía mediante rumores. El Japurá/Caquetá era temido por los viajeros-exploradores porque se suponía que tenía cataratas río arriba y también era evitado por la supuesta crueldad de los indígenas Huaque (también llamados murciélagos) que vivían a sus orillas.

El recorrido del río se basaba en ese entonces sobre los datos cartográficos del explorador e investigador francés Charles Marie de La Condamine, quien en su informe, por lo general espléndido, de su viaje por el Amazonas en el año 1743 y en el cual buscaba una conexión fluvial entre el Amazonas y el Orinoco, le destinó al río Caquetá varias bifurcaciones, y así se afianzó una equivocación geográfica existente desde los primeros cronistas y que difícilmente pudo ser borrada del planeta. Alexander von Humboldt pudo refutar convincentemente estas opiniones asentadas desde tanto tiempo, según la cual este milagroso río Caquetá, llevaba agua tanto al Orinoco y al Putumayo como al Río Negro. Por esta misma razón el río Japura/Caquetá significó para Martius explorar tierra virgen para su cartografía. Soñaba con el salvaje indomable, que ya no había podido encontrar el en Brasil. Después de haber pasado por el Chorro de Córdoba más arriba del pueblo fronterizo colombiano La Pedrera, registró eufóricamente: “Podría suponer que me encuentro en una tierra que indiscutiblemente le pertenece a las poblaciones autóctonas americanas y que aún no ha sido tocada por el espíritu de la civilización europea.” Un conclusión atinada. Cuando yo viajé, hace algunos años, por el río Caquetá, también me encontraba en la búsqueda de una región que estuviera definida exclusivamente o por lo menos mayoritariamente por los mitos de los indígenas. Y efectivamente esta región se ha quedado dentro de un espacio natural y cultural único, y Colombia hizo bien, al entregar oficialmente en los años 80 este territorio a los indígenas Huitotos, Bora, Miraña y otros pueblos indígenas. El Resguardo Predio Putumayo, con sus más de 5 Millones de hectáreas es el terreno más grande habitado por indígenas, en Colombia.

El viaje de Martius hacia el occidente terminó en el Chorro de Araracuara. Martius estaba acabado y extenuado por el calor, por los eternos jejenes y los brotes de malaria y estaba contento de poder iniciar el viaje de regreso río abajo. También mi viaje finalizó en el Chorro de Araracuara, que funciona como una barrera fluvial natural. Luego debí esperar uno de los inconstantes vuelos de Satena y por lo tanto tenía bastante tiempo a disposición. Al contrario de Martius, que se sentía encajonado por los horrores de una selva rígida y ajena a los seres humanos y miraba con nostalgia hacia Europa, el mundo del Caquetá Medio me atrapó totalmente. Varias veces cancelé el vuelo a Bogotá y me iba una y otra vez hasta el Chorro, hasta la boca del río Caquetá, para acompañar a los pescadores en su emocionante trabajo, cuando con el arpón sacaban a los convulsionados peces, bagres tigres y lecheros, que se movían salvajemente entre el torbellino, la corriente y el agua de embalse.

HUMBOLDT EN BOGOTÁ

Humboldt había echado un vistazo europeo sobre América Latina. En sus escritos, sin embargo consiguió liberarse de esa manera eurocentrista de ver, y de una manera mucho más contundente que sus contemporáneos europeos. Con seguridad fue el resultado de su independencia económica así como de su capacidad intelectual. Humboldt fue el primero en ser consciente de las diferencias en el desarrollo entre las cordilleras y el valle y quien sabía describir estas diferencias. Llegó a Bogotá en Julio de 1801 y se quedó en la ciudad hasta su partida en dirección Ibagué, el 8 de Septiembre de 1801. A su llegada a Bogotá, fue recibido más bien con los honores de un hombre de estado, que el de un científico, porque su fama se le había adelantado a su llegada, y el arzobispo los llevó en su carroza de seis caballos, mientras que Humboldt sólo tenía una sola cosa en su cabeza: de comparar sus plantas recogidas con la colección de José Celestino Mutis y de la Real Expedición Botánica. Mutis había llegado como el médico personal de Virrey al país y era considerado uno de los más grandes científicos de las ciencias naturales de su época.

Bogotá, con sus múltiples y magníficas bibliotecas, institutos y archivos es el lugar ideal para la preparación de un extenso viaje a los llanos tropicales, así como también para el seguimiento posterior de un viaje de esta índole. Las bibliotecas de la meseta son sitios familiares para quien esté en el extranjero, ya en las épocas de Humboldt como también ahora. No solamente la cantidad y la multiplicidad de las bibliotecas en Bogotá son impresionantes, desde la inmensa Biblioteca Luis Ángel Arango, hasta las bibliotecas especializadas como la del Instituto Colombiano de Antropología y del Instituto Amazonía de Investigaciones Científicas, sino que también su concentración en el centro histórico de la ciudad y la constante visita de los lectores testimonian una inmensa curiosidad y necesidad de conocimiento. También le saqué enorme provecho a los archivos documentales cuando pude escribir aquí mi análisis sobre “Los derechos de los pueblos indígenas de Colombia”. Humboldt siempre resaltó las ventajas climáticas de las alturas, con su aire puro y fresco perfecto para el depósito y resguardo de documentos y diplomas, en contrapeso a las dañinas termitas, que son barreras para el desarrollo de la civilización en las regiones tropicales. En la meseta de los Andes, al contrario el calor recalcitrante desaparece y los molestos insectos no interfieren en el trabajo diurno ni descanso nocturno y así Bogotá se convirtió para él en un lugar importante para ordenar y valorar material de archivo y prepararse para la siguiente etapa de su viaje. Desde las ventajas climáticas, Humboldt también concluyó que existía una superioridad moral-civilizadora de los lugares que se encuentran en una cierta altura. Un concepto lógico que hoy en día se ha generalizado.

Mientas escribía mi ensayo sobre los derechos de los pueblos indígenas en Colombia tuve la oportunidad de conocer al profesor Carlos Restrepo Piedrahita, un conocido y renombrado constitucionalista y rector por muchos años de la Universidad Externado de Colombia, autor de varias y magníficas monografías y un gran admirador de Friedrich Nietzsche. Creo que para las altas exigencias de un Carlos Restrepo la altura de Bogotá no alcanza a ser suficiente, desde que empezó su carrera en los años 60 y fue a visitar y redescubrir la piedra nietzscheana en Sils-Maria en los Alpes suizos y luego escribió una artículo para El Tiempo. Carlos Restrepo tenía una especial inclinación por las altas cordilleras, el aire gélido y fuerte de las montañas, el mismo del cual Nietzsche habla en su prefacio al Ecce Homo. Siempre utilizaba las pocas horas restantes que le quedaban de su actividad en la investigación y enseñanza, para hacer, los fines de semana, largas excursiones en las montañas aledañas a Bogotá. Veía el paisaje andino en el mismo sentido de Nietzsche y alababa la atmósfera que no llevaba tanto oxígeno sino ozono. Mi entusiasmo por el mundo tropical no lo compartía conmigo, pero no le parecía que fuera extraño para un alemán: “Los alemanes aman los bosques, el bosque es una necesidad vital para un alemán.” Citaba de su cuaderno de viaje, de los partes escritos en alemán.

Lo que uno sí encuentra es una gran atracción de Alexander von Humboldt por las selvas tropicales. Esta sensación marcó en gran medida su percepción de América Latina. Aún existen esos bosques en abundancia y el hombre parecería desaparecer en esa naturaleza gigante y salvaje. Sin embargo esta misma naturaleza, para Humboldt, era una barrera para el desarrollo de la humanidad. En sus escritos, sin embargo se encuentran muchos testimonios de su extraordinaria y sensible conciencia respecto a la naturaleza. No nos olvidemos, la naturaleza en América era aún virgen, por lo que cualquier conciencia ecológica no tenía aún una importancia tan relevante.

Hoy en día tenemos un alto sentimiento de responsabilidad para las selvas tropicales aún existentes, que a su vez es el resultado de un conocimiento cada vez mayor sobre su fragilidad y su condición irreemplazable y sobre su vertiginosa destrucción. Los bosques tropicales aún existentes cobraron importancia como terrenos potenciales para la siembra y la producción de fuentes naturales. En la discusión por ampliar los terrenos para la siembra de soya y de caña de azúcar y para el fomento de las riquezas mineras para la satisfacción de los crecientes mercados nacionales e internacionales de alimentos y de energía, el pensamiento se desdibuja que para los ahí habitantes esa tierra les representa un espacio propio de vida, unido a una sensación única de vida, que lleva en sí un estado de alma y ánimo que provienen desde lo más profundo de sus orígenes y como se puede encontrar en casi todas las regiones tropicales de Colombia y que fue descrita por primera vez, de manera magnífica, por José Eustasio Rivera en La Vorágine y así logró entrar también al imaginario nacional. Al hombre colombiano del trópico aún está dominado por el espesor y magnitud de la naturaleza y refuerza su identidad, de tal manera que en los lugares de periferia como Puerto Carreño, Puerto Inírida, Leticia, para sólo nombrar algunos, uno no se siente perdido, sino todo lo contrario, a veces se tiene la sensación de encontrarse en el centro del mundo.

¿Cuál es entonces el espacio que los trópicos colombianos van a poder exigir para sí, en el futuro si dentro de poco serán anexados al sistema económico capitalista? ¿Podrán los habitantes de la región amazónica, de los Llanos Orientales y del Chocó, sacar provecho del desarrollo, o la construcción de carreteras, puertos y de oleoductos sólo reforzará las consecuencias de la pobreza y del subdesarrollo en esas personas?

Cuando uno se compromete con el mundo del trópico puede fácilmente ser tildado de ser un romántico empedernido o un anti-modernista retrógrado. Sin embargo con Alexander von Humboldt uno puede aprender que una mirada atenta y sin prejuicios y el posterior análisis riguroso, es la forma más justa de entender los problemas. Los pensamientos de Humboldt y sus muy citadas declaraciones, tanto en Alemania como en América Latina, respecto la ecología, los derechos humanos y la justicia social se basan en su entrega y amor por América latina y no son el resultado de una visión premeditada y pre-definida ideológicamente. Por estas razones es Humboldt tan actual hoy como siempre y es indispensable para la comprensión del trópico colombiano.

Muchas gracias.

Traducción: Marta Kovacsics M.